lunes, 9 de enero de 2023

Amor de chimenea


Treinta años juntos. Un número curioso, parece ser una eternidad para los que ni si quiera hemos estado vivos tanto tiempo, pero para aquellos más sabios y con más experiencia es sólo un pequeño escalón en el camino. 


 Mirando a través de distintas culturas del mundo, todos parecen estar de acuerdo en que las perlas simbolizan sabiduría, amor eterno o pura belleza.  


Aunque si os soy sincera, para mi representa un poco lo que yo entiendo como el amor. Un granito de arena que se mete en tu cabeza, alguien en quien no puedes dejar de pensar, una persona que ocupa todos tus pensamientos día y noche. Algo que si lo cuidas y lo mimas se convierte en un objeto precioso que es la envidia de todos los demás.  Las perlas son experiencia, creadas por el sufrimiento desagradable pero necesario para crear esa delicada e imponente belleza. Una prueba de que, aunque no todo sea fácil en una relación, si las cuidas se convierten en un tesoro. 


 


Yo no he tenido la suerte de encontrar el amor que tienen mis padres, ese tipo de amor protagonista en todas las grandes historias. Algo que según los escritores de nuestra historia solo le pasa a los afortunados. Pero yo diría que es algo mejor. Los amores cómo el de Romeo y Julieta son un incendio forestal. Es esa clase de amor que te ciega, que nubla tu pensamiento y te quita la respiración. El amor de mis padres, yo diría que es más bien cómo el fuego de una chimenea. Es un fuego que aun bello y apasionado cuida y calma. Un amor que te hace sentir seguro, que te da calor en las noches más frías y cobijo en las noches tormentosas. Es el amor perfecto para las frías noches de otoño, un amor en el que asar nubes o castañas, un amor junto al que se puede sentar una familia. 


 


Los amigos de mamá bromean diciendo que mamá y papá son una mala influencia para los matrimonios a su alrededor, demasiado perfectos, demasiado inalcanzables. Pero a mí me gustaría añadir, que todo fuego de chimenea requiere mantenimiento. Aunque tampoco es que les hallamos oído discutir en casa, según nuestro punto de vista, el amor de mama y papa es un amor que sale solo, que fluye sin esfuerzo ni maquinaria como la espuma del mar que mece las perlas. Quizás sí que sean una mala influencia, porque ahora, ninguno de sus hijos aceptará nada menos que eso. Yo no quiero un amor de película, quiero un amor de chimenea. Quiero levantarme los domingos por la mañana y bailar descalzo en la cocina mientras se preparan las tortitas. Quiero las manos entrelazadas sobre la palanca de cambios en los largos viajes a Málaga. Quiero las bromas, las risas, los abrazos. La tranquilidad de saber que no importa lo que pase fuera de casa siempre va a haber alguien para luchar conmigo. Quiero las tardes de domingo acurrucados en el sofá bajo una manta, quiero las mañanas entre semana acurrucada con todos los cachorros, las cenas de lo mejor y lo peor. 


 


Quiero que me quieran como el mar. Y quiero querer como las perlas. Como mis padres se quieren entre ellos. Dulce e infinito. Un vaivén de amor y cariño como una nana que te mece y te hace sentir a salvo. Quiero convertir el sufrimiento en perlas y el amor en joyas que cuelguen cerca de mi pecho para recordarme que todo va a salir bien. 


 


A sí que, por favor, levantemos nuestras copas para un brindis. 


 


Por treinta años juntos, por el amor de chimenea, por el amor de les queda por venir y por un maravilloso aniversario de perlas. 

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