¿Cuál fue la primera vez que salvaste a alguien?
Para algunas personas es esa anciana a la que ayudaron a a cruzar la calle. Para otras, es esa chica despistada a la que apartaron del tráfico justo a tiempo. O ese amigo al que ayudaron a volver a casa cuando iba demasiado borracho para conducir.
La mía es mucho más simple.
Fue un día al volver del colegio. Había sido una jornada particularmente dura. Las voces de mis compañeros hacían eco en mi cabeza, sus risas sonaban en bucle. Recalcando una y otra vez inseguridades de las que yo ya era consciente.
Entré en casa llorando con la cabeza gacha para no llamar la atención de mis padres. A la pregunta de “¿qué tal en el cole?” respondí “bien.” Tratando con todas mis fuerzas de que no me temblase la voz. No fue hasta que oi la puerta de mi habitación cerrarse que perdí los estribos. Me quité la chaqueta con fuerza y la lancé sobre la cama. Quería llorar, gritar, correr, huir. Quería cambiar. Ser como ellos querían que fuese. Vi mi reflejo en el espejo del tocador y grité de frustración. No me gustaba lo que veía. Con las lágrimas aun corriendo por mis mejillas, aparté de un manotazo todo lo que había sobre el tocador y di un fuerte puñetazo a la mesa.
¿Por qué no puedes ser como los demás?
¿Por qué tienes que ser así?
¿Es que no ves que está mal? - Le grité a mi reflejo, tirando con fuerza de mi pelo.
Fui al cuarto de baño decidida a cambiar algo, lo que fuese. Una vez frente al espejo, cogí las tijeras y las puse delante de un mechón de mi pelo, lista para cortarlo. Pero entonces paré en seco., porque de pronto, cuando miré mi reflejo no me vi a mí misma.
Vi a una niña asustada, enfadada con el mundo. Vi a una niña triste, insegura, dolida.
Y la verdad me golpeó como un tren en marcha.
La verdad es que no era culpa suya. Ella no había elegido ser como era. No había elegido que a los demás no les gustase. No había elegido el dolor y la rabia.
Ella era como era y eso estaba bien. Ella es perfecta. Y no era culpa suya que los demás no lo viesen así.
-Estas bien. - Le dije. - Está bien. Vamos a estar bien.
Y volví a romper a llorar, pero por una razón muy distinta. No sabía cuánto necesitaba escuchar eso.
De ese día en adelante me prometí a mí misma que protegería a esa niña cueste lo que cueste. Que no volvería a dejar que la hiciesen daño. Que la hiciesen sentir insegura o inferior. Que la hiciesen sentir que no está bien ser como es.
Me llevó mucho tiempo salvar a la niña del espejo. Y aún tiene heridas que tardaran un tiempo en sanar, y que probablemente dejen cicatriz. Pero estamos juntas en esto. Y cada vez que la vida se pone complicada, respiro hondo, aprieto los dientes y sigo adelante. Porque sé que la niña del espejo me está animando con una sonrisa. Y me digo:
-está bien. Estas bien. Vamos a estar bien.
Así que si quieres ayudar a alguien, salva primero a la persona del espejo. Será difícil y llevará tiempo. Puede que necesites ayuda, pero eso está bien, porque todos los héroes piden respaldo cuando lo necesitan.
Pero te prometo que merece la pena. Porque la persona que hay en el espejo es perfecta tal y como es, y también merece ser salvada.
-Está bien. Estas bien. Vamos a estar bien.

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