Cuando yo era pequeña tenía una taza de porcelana. Una taza preciosa, exquisita. Era blanca como la nieve y tenía dibujados árboles preciosos y pequeñas hadas delicadas cubrían su superficie. Era una de mis cosas favoritas, me la regalaron mi padre y mi madre al nacer y yo la llevaba siempre conmigo. Tal vez no la traté con la delicadeza que se merecía, la llevaba envuelta en un par de pañuelos y metida en el bolsillo de la chaqueta, siempre cerca de mí. No había papel de burbujas, ni papel de envolver, no estaba cuidadosamente metida en una caja para evitar cualquier daño, para asegurar un viaje seguro. Pero supongo que cuando eres pequeño tu cerebro no está pensando en todas las cosas que pueden salir mal cuando metes una taza en tu bolsillo, piensa más bien en que no puedes tener una fiesta del te si tu taza está envuelta en tres capas y metida en una caja. Por lo que la taza vivía en mi bolsillo, entre las pelusas, las hojas y los papeles que había en mis bolsillos.
Yo estaba increíblemente orgullosa de mi taza, la llevaba a todas partes, se la enseñaba a todo el que estuviese dispuesto a mirarla. La usaba para beber agua en clase, la llenaba de notitas de mis amigas, bebía pociones de ella en el recreo, era el premio al final de las pistas de la busca del tesoro, el modelo en dibujo plástico y mi mayor animadora en educación física. A los adultos le resultaba fascinante, me hacían preguntas sobre ella, sobre sus intricados dibujos, sobre su delicado mango, sobre las hadas y la magia que formaban parte de ella.
Esa taza tenía un pequeño altar en mi cofre del tesoro, donde guardaba todas las cosas especiales, las piedras brillantes, las plumas bonitas, las hojas de colores. A todo el mundo le gustaba mi taza, era una taza divertida, preciosa, llena de posibilidades. O al menos eso creía yo, porque ¿Cómo puede no gustarle a alguien algo tan bonito? Así que mi taza estaba siempre sobre mi mesa mientras escribía, en la esquina izquierda de mi mesa, sujetando todos mis lápices sin protección alguna porque nadie querría hacerle daño. Nadie querría hacerme daño.
Un día cualquiera una niña de clase le regalo a un niño un tirachinas. Le convenció para que apuntase a mi taza. Le dijo que era una taza rara, que sería divertido, que todo el mundo se reiría si él le daba a mi taza. Y él se metió la mano en el bolsillo y cogió una de esas pequeñas piedras que aparecen siempre en los bolsillos de los niños pequeños, apuntó, estiró la goma y falló. Al menos las primeras veces falló. Supongo que yo era demasiado ingenua u optimista como para ver que las piedras me estaban apuntando a mí, para mí solo eran piedras que volaban en la dirección equivocada. Así que no pensé en ello, no lo vi venir, no levanté protecciones. Si las piedras no me dejaban ir a mi sitio mi taza y yo nos convertíamos en soldados y nos arrastrábamos por las trincheras enemigas, si las piedras volaban hacia mi cuando intentaba jugar con mis compañeros mi taza y yo nos íbamos a las escaleras de la biblioteca con un libro disfrutábamos de los más emocionantes y maravillosos viajes. Visitábamos tierras llenas de magia y dragones, de hadas y robles parlantes. Porque después de todo, las piedras que lanzaban tenían que estar yendo en la dirección incorrecta, era solo un accidente, no querían hacerme daño.
Pero entonces sucedió lo impensable. El niño de los lagos estiró la goma apuntó a mi taza y acertó.
Y la taza se hizo añicos.
Calló con un ruido estridente, como si se riese el cristal.
Trozos de porcelana repartidos por el suelo, dibujos incompletos, hadas perdidas, trozos minúsculos que jamás sería capaz de recuperar. Yo caí de rodillas junto ella. Lágrimas corrían carreras por mis mejillas mientras yo trataba desesperadamente de coger todos los trozos de la taza para poder arreglarla. Las risas hicieron eco en mis oídos, transportadas entonces a un segundo plano dentro de mi cabeza. Por el rabillo de mis ojos podía verlos chocar los cinco, darse palmadas en la espalda, felicitarse por un trabajo bien hecho. Curiosamente, no creo que nadie escuchase la taza romperse, quizás en mi eterno optimismo, creo que no pretendían hacer la taza añicos. Querrían agrietarla quizás, tirarla al suelo, asustarme, pero no creo que fuesen conscientes del daño permanente que habían provocado.
Pero sea como fuese, la taza estaba rota, trozos de porcelana que tintineaban cuando alguien se acercaba, que me pinchaban cuando metía la mano en mi bolsillo. Llegué a casa e intenté arreglarla. Empecé buscando los dibujos como un puzle, poniéndolas uno junto a otro buscando la rama correcta, las alas asignadas, pero la porcelana se había descascarillado y algunos dibujos ya no encajaban. No le dije nada a nadie mientras intentaba arreglar la taza debajo de mis sábanas, estaba avergonzada supongo. Mirando atrás recordé todos aquellos instantes en los que las piedras me habían rozado a mi o a mi taza y maldije mi estupidez. Obviamente las piedras no estaban volando en la dirección equivocada, volaban ligeramente desviadas de su blanco. Obviamente querían hacerme daño, cuando el torrente proyectiles era constante. Obviamente querían romper mi taza y yo no hice nada para defenderla. Gotas de lágrimas y sangre caían sobre la sábana bajera, y la cola blanca no tenía la suficiente fuerza como para pegar la taza. La tuve en la mesilla de noche un par de días, intenté arreglarla una y otra vez, pero acabé con los dedos llenos de tiritas, llena de ira, frustración y tristeza. Mirar la taza hecha añicos dolía demasiado, de manera que la metí en un armario oscuro y cerré la puerta.
Sabía que no iba a haber castigos en casa si llegaba y explicaba lo que había pasado. Pero, aun así, proteger la taza era mi trabajo y había fracasado. Mi propia estupidez que me llevó a ignorar las piedras, a confiar en mis compañeros había conseguido que rompiesen mi taza, que la hiciesen añicos. Supongo que no quería hablar de ello, que vivirlo una vez fue suficiente, que quería hacerlo todo parar, de modo que no dije nada, bajé la cabeza y aprendí a vivir sin mi taza. Ya no había hadas, no había pociones en el recreo, no había emociones que llenaran la taza, ya no había puente entre el mundo real y mis historias.
La vida sin mí taza no era fácil, pero aprendí mucho de su pérdida. Aprendí a evitar las piedras antes de que las lanzasen. A no confiar algo tan frágil a cualquiera, y si alguna vez se me olvidaba, escuchaba al cristal reírse otra vez, mientras mi taza se hacía añicos. Aprendí a evitar a cualquiera con un tirachinas, a mirar a otro lado cuando pasaban las chicas de pelo sedosos y brillo de glos. Pero, sobre todo, aprendí a no mirar dentro del armario. De vez en cuando, cuando miraba las fotos, me encontraba a mí misma recorriendo con cariño la imagen de esa niña pequeña a la que le faltan los paletos sujetando con cuidado su preciada taza de porcelana, entonces me acercaba de nuevo al armario y lo abría. Cogía los trozos de porcelana y pasaba los dedos rozando la forma de las pequeñas hadas que habían perdido sus alas. Y me acordaba, del sonido de la risa del cristal, de las risas de mis compañeros, de todas aquellas piedras que había ignorado. Y en ese momento mi dedo pasaba por el borde de la porcelana y me cortaba. Se me hacía un nudo en la garganta y volvía a tener ocho años de rodillas frente a mi taza rota. Y Cómo seguía doliendo volvía a cerrar el armario.
Aquella situación se dio más de lo que uno esperaría. Me sentía nostálgica, incompleta, así que iba a ver que tal iba la taza, pero por alguna razón cada vez que abría el armario la taza estaba rota. No importa cuánto me sentase y desease que la taza se arreglara o cuantos abrazos me diesen mis padres.
Cada vez que abría el armario, la taza seguía rota.
Cuando crecí un poco más y ya era lo suficientemente mayor como para saber porque no puedes arreglar porcelana con cola blanca intenté arreglarla otra vez. Me senté esta vez con un tubo de pegamento caliente, coloqué los cachos de taza en frente de mi por tamaños y traté de empezar a pegar los más grandes. Y durante un rato funcionó, pero era impaciente. Traté de pegarlo todo demasiado rápido de arreglarlo de una vez por todas, pero como no esperaba a que se secase el pegamento los trozos de porcelana se caían una y otra vez cómo un castillo de naipes. Y así acababa yo. Vencida otra vez por la estúpida taza de porcelana, con los dedos llenos de cortes y quemaduras, los ojos llorosos y ganas de gritar porque por alguna razón no podía arreglar la taza sola. Por lo tanto, llena de frustración volví a meter la taza en el armario. Incapaz de arreglarla, pero incapaz de tirarla a la basura.
Y el ciclo empezaba otra vez. Cada vez que veía algún hada traviesa, o veía a alguien con un tirachinas me acordaba de mi taza y abría el armario. Pero como ya habrás averiguado, no importa cuantas veces cerrase el armario, cuanto tiempo pasase, la taza seguía rota. Y cada vez que la veía yo volvía a ser esa niña de ocho años llena de ira dolor y tristeza.
No fue hasta los veinte, con la seguridad de un ya casi adulto que llegué a la conclusión de que yo no podía arreglar la taza, no porque la taza fuese un caso perdido, sino porque yo no era una experta, yo no sabía cómo arreglar tazas. Así que cogí la taza, la metí en los mismos pañuelos con los que solía envolverla al metérmela en el bolsillo y me llevé a una experta. Ella la miró con una lupa, inspeccionó cada borde y cada dibujo y decretó que la taza volvería a ser una taza. No sería la misma, pero sería una taza. Y me puso, como única condición que la ayudase a arreglarla.
No fue un proceso fácil, hubo sangre, sudor y lágrimas. Y en más de una ocasión destroce nuestro progreso por querer ir demasiado deprisa. A veces teníamos buenos días en los que éramos capaces de reconstruir una gran parte de la taza, otros días eran malos, y volvía a casa con las manos llenas de heridas y ampollas. No importa cuantos días buenos hubiese, cuanto creyese yo que le estaba cogiendo el tranquillo, que ya era buena en eso, siempre había un par de días malos a la vuelta de la esquina dónde la frustración y el dolor eran demasiado.
Pero finalmente arreglamos la taza, y no es por tirarme flores, pero es casi más bonita que antes. Después de todo, yo siempre he sido de la teoría de que las cicatrices son una preciosa decoración porque cuentas las historias más interesantes.
El trauma es un poco así, creo yo. Un poco como mi taza rota. Si metes el trauma en la parte trasera de tu mente porque duele demasiado, no importa cuantas veces abras el armario la taza va a seguir rota. Y cada vez que algo te recuerde a tu trauma, no importa cuánto tiempo halla pasado, va a doler igual, porque la taza sigue rota. Y hasta que no te sientes con un experto a arreglar tu taza, no va a dejar de doler. E incluso entonces, no va a ser un proceso indoloro, porque sanar no es linear. Habrá días en los que te sientes el rey del mundo y días en los que te cortarás los dedos con los trozos rotos de porcelana. Y si puedes arreglarlo tu maravilloso.
Pero recuerda, que si no arreglas la taza, no importa cuánto tiempo pase, va a estar rota cada vez que abras el armario.
Si no arreglas la taza, va a seguir doliendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario