lunes, 1 de mayo de 2023

Para Coger una Ola

 Oye, yo ya. 


Ese es el pensamiento que pasa por mi cabeza, sentada en la arena, el viento salado sopla contra mi rostro revolviendo mi pelo mientras el sol lo pinta color miel. Hay gotas de agua pegadas a mis brazos, mis piernas, chorreando por mi pelo, y corren por mi piel recordándome que no he tenido el valor de volver a meterme en el agua. 


Cuando aprendes a surfear, antes de meterte en el océano, pasas un buen rato entrenando en la arena. Te enseñan a levantarte, a mantener el equilibrio. Te enseñan a tener cuidado de la corriente, a qué hacer si te arrastra y cómo volver a la orilla sin ahogarte en el intento. Aprendes a leer el mar, a comunicarte con él y sobre todo aprendes a fluir. A hacer lo que puedes con las olas que se te dan. 


 


Porque cuando se trata del mar, no puedes diseñar la ola perfecta. Puedes esperar. Quedarte sentado sobre tu tabla como una boya, mirando olas pasar como oportunidades que se escapan entre tus dedos hasta que decides remar. Y entonces te das la vuelta, levantas el pecho y remas con todas tus fuerzas, y cuando el momento es correcto, te levantas. Y solo entonces tomas control, y decides qué vas a hacer con esa ola que has elegido.  


Pero también tendrás días en los que no haya olas, no haya oportunidades. Días en los que el mar descansa, casi como un titan dormido y puedes ver las nubes reflejadas como si se mirasen el espejo. El agua se refleja en el agua y tú te quedas ahí, esperando. También habrá días en las que el mar está demasiado revuelto, las olas no son buenas, y las oportunidades no se ajustan a lo que estás buscando. Y ahí tienes tres opciones, puedes intentar surfear la primera ola chorra que pase y arriesgarte a perder una buena ola, puedes surfear la ola que esperabas y arriesgarte a caer y que la presión te empuje contra el arrecife, o puedes quedarte en la playa, sentarte en la arena, y esperar a que en algún momento el mar se calme, deje de revolverse furioso y te regale una serie de olas de perfil definido y agua cristalina. Pero eso, también significa, quedarte sentada en la arena mirando todas las oportunidades pasar. 


 


Yo estoy sentada en la arena, la crema de sol a un lado y un libro al otro mientras veo a mis hermanos coger ola tras ola. Les veo caerse, una y otra vez, salir del agua con una enorme sonrisa en la cara, recuperar la tabla y nadar de nuevo mar adentro. Se han llevado algún revolcón, pero no parece importarles, y si en algún momento es demasiado, o se han llevado un susto, se vienen conmigo a la arena, beben una botella de agua, me dan un abrazo y vuelven a entrar. Siempre vuelven a entrar. A veces pasan horas esperando la ola adecuada, el sol les golpea la espalda, cristalizando gotas de sal sobre su piel mientras ellos esperan la ola correcta, la oportunidad de una vida. 


Ambos son surfistas de tabla larga. Les gusta la estabilidad, surfean las olas como quien pinta en un lienzo dejando su marca sobre un fondo en blanco. De vez en cuando, surfean en tándem con alguien más, y llegan a sincronizarse con esa persona a buscar el equilibrio entre los dos para que ninguno ponga demasiado peso y les tire de la tabla.  En ocasiones bailan sobre la madera, caminan con pequeños pasos hacia delante hasta que llegan a la punta casi jugando con el miedo, estiran los brazos y gritan y luego ríen y vuelven a echarse hacia atrás, al centro de su equilibrio, a la seguridad en su perpetuo movimiento. 


 


Yo, por el contrario, tengo una tabla corta. Da más paso a la creatividad, te permite hacer trucos increíbles, aéreos en los que por un par de segundos te vuelves gaviota y vuelas a ras de mar. Te da más libertad de movimiento, ofrece menos resistencia. Pero eso también significa que es mucho más difícil mantener el equilibrio. 


Y yo cuento con una desventaja añadida. Y es que yo tengo a la espalda una mochila, que la gente a mi alrededor ha ido poco a poco llenando de piedras. Y no importa cuantas veces les dijesen que basta, porque una vez la piedra está dentro de la mochila, se queda atascada y no puede salir.  


La cosa es que cuando tu entras al agua con una mochila llena de piedras, te hundes. Dejas de ser surfista y te conviertes en astronauta, dando pequeños saltos. Pequeños pasos para la humanidad, pero enormes pasos para ti.  


Tiene sus ventajas, no me malinterpretes. Debajo del agua, vi un montón de peces distintos, acaricié a las mantarrayas, aprendí a nadar con los tiburones. Las estrellas de mar me enseñaron a sanar mis heridas, los pulpos me enseñaron a camuflarme, a esperar al último momento antes de atacar; y los delfines me recordaron que el juego y la diversión no se pierden solo porque no puedas respirar. 


 


Mientras veo a mis hermanos surfear, deslizarse sobre las olas como si fuesen parte de la imagen, disfrutando de la adrenalina y del viento pienso:  


“Oye, yo ya.”  


Yo quiero hacer eso. Ya es suficiente, submarinismo, mi colección de conchas es lo suficientemente grande y estoy preparada para coger una ola y deslizarme. Quiero pasar por dentro de un tubo, ver el agua cerrarse a mi alrededor, quiero ver como la luz del sol atraviesa la ola dejando chispas doradas tras de sí, ser capaz de estirar la mano, y rozar el agua. Y, sobre todo, quiero poder respirar hondo cuando la ola rompe detrás de mí y he salido a salvo. Quiero sentarme ahí fuera a esperar la ola adecuada, remar con todas mis fuerzas y saber con certeza que he tomado la decisión correcta. Quiero ver la ola levantarse tras de mí, ir hacia arriba con mi tabla y volar dando vueltas, y quiero saber que cuando caiga, seguiré en pie. Y, sobre todo, quiero poder abrir los brazos y gritar antes de que me consuma la alegría y empiece a reír a carcajadas. 


 


Así que cojo mi tabla, me la pongo debajo del brazo y corro hasta la orilla. Pero entonces veo una enorme ola romper. Cae violenta sobre el mar, el estruendo que produce hace que tiemblen las ventanas y se sacudan las puertas, la espuma corre con fuerza llevándose por delante todo lo que ve. Y de pronto la mochila a mi espalda pesa más. 

Porque sé que es lo que va a pasar si me caigo, sé que, con la mochila a mi espalda, cuando pierda el equilibrio y caiga para atrás no voy a resurgir nadando como si nada, no, me voy a hundir. Y de nuevo no podré respirar. La ola romperá sobre mí, me empujará con violencia contra las rocas, me sacudirá de un lado a otro como un trozo de madera a la deriva, agua entrará a mis pulmones la espuma me envolverá por completo y no veré la manera de salir. Y cuando crea que voy a ahogarme y que ya no puedo más, el mar me escupirá en la orilla y me seducirá de nuevo con sus olas para que lo intente otra vez. 


 


No importa cuantas veces intente dejar la mochila olvidada en la arena donde estaba sentada, cada vez que me giro a mirar atrás o me asusto vuelve a estar ahí.  


No me queda otra opción. Vuelvo a la arena arrastrando los pies, y me siento. Pero esta vez, pongo mi mochila delante y la sacudo bocabajo para que salgan las piedras. Algunas de las más pequeñas salen sin problemas y parte de la arena que ha estado ahí erosionando las rocas cae con ellas también, pero las piedras grandes se han quedado atascadas en la entrada y tengo que sacarlas de una en una. 


No es un proceso fácil, las piedras están tan sujetas que me arañan las manos, dejando tras de sí líneas rosadas como carreras por mis muñecas. Miro a mi alrededor para buscar un palo, algo para hacer palanca y veo a otra persona. Un chico más o menos de mi edad, sentado cerca de la orilla golpeando su mochila con una piedra más grande, con la esperanza de que las rocas de su bolsa se hagan añicos y puedan salir. Tiene ampollas en las manos, cortes en los brazos y la cara le brilla con agua salada que no parece ser de mar.  


A mi izquierda hay una señora más mayor que yo, los pelos blancos entre su melena pelirroja reflejan el sol, está sentada en una hamaca con su mochila entre las piernas mientras echa una buena cantidad de aceite bronceador para que lo que haya atascado resbale mejor. Al lado de la mujer hay una niña más joven que yo, todavía tiene los dientes de leche el pelo color azabache y la cara llena de pecas, sonríe de con fuerza mientras lágrimas caen por sus mejillas como torrentes y atiza a su padre con su mochila llena de piedras un par de veces hasta que este levanta la cabeza del periódico, cuando lo hace la niña le pide las tijeras y empieza a rasgar la tela de la mochila como si fuese un trapo viejo; ríe mientras lo hace, una risa alta y melódica, como las cacofonías en un psiquiátrico infantil, su padre la mira con horror y ella solo se encoge de hombros y le dice “aprenderé a coser”. 


Parece que no soy la única con demasiadas piedras en la mochila. 


Todo me parecen buenas ideas, pero creo que voy a intentar usar una palanca primero. Me doy la vuelta para coger algún palo detrás de mí, y entonces la veo. Mi hermana pequeña me mira desde la playa, me sonríe de oreja a oreja y me saluda tan efusivamente que sus rizos dorados se mueven salvajes y bailan con la brisa. Ella aún está aprendiendo, aún le están dando lecciones de equilibrio en la arena. Aún tiene que aprender a levantarse y coger fuerza.  


Yo le devuelvo el saludo, inconscientemente empujo la mochila llena de piedras detrás de mí con el pie para que no la vea, para que no descubra que después de tanto tiempo sigo siendo incapaz de surfear una ola, pero mientras lo hago veo como una de las niñas de su clase le mete una piedra en la mochila sin que ella se dé cuenta. La niña se va riendo bajo su aliento y vuelve de nuevo con el grupo de chicas que por alguna razón llevan todas las mismas sudaderas. Miro a mi alrededor, a todas las personas solas intentando vaciar sus mochilas y pienso en la vergüenza, en el sentimiento de fracaso que corre por mis venas cada vez que miro a mis hermanos coger una buena ola cuando yo ni siquiera puedo mantenerme a flote. Pienso en que hará ella, cuando las rocas sean demasiado, cuando no pueda nadar ¿se sentirá sola?  


Respiró hondo, me siento de lado, para que ella pueda ver con claridad lo que estoy haciendo, cojo un palo junto a mí y empiezo hacer palanca. Puede que acabe con las manos llenas de astillas, que me sangren las uñas, que se me llenen las muñecas de costras y cicatrices. Pero al menos ella sabrá que no hay nada de malo en tomarte un tiempo para sanar, para asegurarte de que no vas a hundirte en el intento. Para respirar. 


 


Las olas pasan, veo oportunidad tras oportunidad pasar delante de mí y yo sigo aquí vaciando mi mochila. “Solo tengo que sacar suficientes como para poder mantenerme a flote” me digo. Después de todo, caerse es parte de la experiencia y para poder surfear, primero tienes que saber nadar. 


Y dentro de nada seré capaz de coger esa ola de toda una vida. 



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