Para la mayoría de la gente el objetivo en sus veintes es aprender. Aprender a ser adultos, a tener relaciones sanas, a pagar impuestos, a criar niños.
Pero para algunos de nosotros el objetivo es desaprender lo que ya hemos aprendido. Años y años de traumas. Bloques de malas experiencias que construyen castillos. Y te ves a ti mismo obligado a convertirte en el equipo de demolición. En destruir los fundamentos de la casa que lleva siendo ti hogar tanto tiempo. La infraestructura que te ha mantenido a salvo de las peores tormentas.
Eso nunca es fácil, normalmente es terrorífico.
Pero esos castillos están construidos sobre arena y no puedes crear una vida sobre terreno inestable.
Yo suelo preguntarme ¿Cómo he llegado has aquí? ¿Cómo he dejado que las murallas se vuelvan tan altas? ¿Cuándo se ha convertido el botón del pánico en lo primero que aprieto cuando saltas las alarmas?
Y la verdad es que la respuesta no está clara, no siempre es la misma. En mi caso, no tengo ni la más remota idea de cuando ha pasado todo esto.
Puedo hacer suposiciones.
Decirte que para la mayoría de nosotros es porque el trauma se basa en nuestra infancia. Cuando eres niño hay muchas cosas que no te enseñan, cosas que dan por supuesto que aprenderás por el camino. Pero la lección que te llevas no siempre es la lección adecuada. Hay veces que situaciones hostiles te obligan a crear patrones hostiles. Por ejemplo, pensamientos como “Todo el mundo es peligroso hasta que demuestre lo contrario”, “Todo el mundo te juzga cuando no estás mirando”, “No confiar en nadie es más seguro” o “No sentir nada es mejor que sentir dolor.”
Cuando eres pequeño construyes mapas sociales. Pero cuando todo el mundo a tu alrededor te usa de tiro al blanco o miran hacia otro lado, los mapas salen atrofiados. Asique bajas la mirada y decides que es mejor estar solo que mal acompañado. Pero cuando de adulto intentas usar ese mimo mapa para guiarte, la brújula ya no apunta el norte.
Así que empiezas uno nuevo. Pero todas tus experiencias pasadas te llevan a la misma conclusión. Tienes pruebas físicas de que el mapa anterior era correcto, que te mantuvo a salvo. Y de pronto ponerse modo optimista y decir que la gente está predispuesta a ser buena se convierte en un salto de fe. Y tienes suficiente experiencia como saber que esa caída va a romperte las piernas.
Todo el mundo dice que tenemos que aprender del pasado. Que cada cicatriz guardia una historia, cada caída tiene una lección. Así que ¿Por qué está mal lo que yo he aprendido de mis cicatrices? ¿Por qué de pronto, todas esas lecciones que nos han marcado a fuego tienen que desparecer?
Yo diría que porque no están corroyendo por dentro.
No te están dejando vivir la vida que querrías. Te mantienen encadenado a la piedra esperando a que te coma el monstruo marino a comerte. A que llegue la gota que colma el vaso, la puñalada por la espalda. Y tristemente en esta historia no hay ningún héroe que venga a salvarte. En esta obra tienes que ser tanto Andrómeda como Perseo. Tendrás el placer de ser juez y verdugo.
La gente dice que solo tu eres responsable de tus sentimientos. Que tienes el poder de como dejas que los demás te hagan sentir. Pero yo no estoy del todo de acuerdo. A veces cuando lo escucho, oigo en mi cabeza el eco de las voces de profesores diciendo “No te lo tomes a pecho” “son solo niños” “no es nada personal”. Otras veces pienso en aquella niña de nueve años llorando sola en el cuarto de baño porque su amigo ha dejado de hablarla por los rumores, o porque su mejor amiga se ha enamorado del capullo que le hace la vida imposible. La veo bajar la cabeza cuando la llaman “infectada” “asquerosa” “friki”. Siento sus lágrimas correr por mis mejillas, veo a través de sus ojos la imagen distorsionada del espejo.
Y pienso “No fue culpa mía”.
Porque a mí nadie me enseñó a defenderme contra mis compañeros de clase. Nadie me dijo que iba a tener que luchar por pasar el recreo con mis dos zapatos puestos. No me prepararon para que mis amigas cambiasen de bando. Para que dejasen de hablarme, de invitarme a sus fiestas de cumpleaños. Nadie me preparó para quinto de primaria en una zona de guerra hostil.
Y yo he aprendido por las malas que no importa cuán ridículo sea, si te dicen algo muchas veces te lo acabas creyendo.
Así que hice lo que pude. Presté atención a los patrones. Cree una serie de reglas para poder sobrevivir, para socializar, para que no me hiciesen más daño. Aún las llevo conmigo.
REGLA 1: Mantén la cabeza gacha,
Si no les haces caso se acabarán aburriendo. Así que no les antagonices. Incluso si significa tener que arrastrarse por el suelo para poder ir al baño.
A día de hoy aún me cuesta defenderme. Lloro si alguien me grita. Tiendo a priorizar la comodidad de los demás sobre la mía. A mirar al suelo y no decir nada.
REGLA 2: Mantén un perfil bajo.
“Mantente alejado del sol si no dejas de quemarte”. No pueden hacerte daño si no saben que estás ahí. No levantes la mano, no hables si no te hablan. No les des munición.
Ahora me cuesta empezar conversaciones, me da miedo pedir por teléfono, tiendo a desaparecer en el fondo cuando estoy con un grupo de gente.
REGLA 3: Mimetizare con tu entorno.
Si les gusta una banda apréndete todas sus canciones. Si les gusta una marca compra sus sudaderas. Si está de moda el Starbucks ve todos los viernes, aunque no soportes el sabor del café. Si empiezan a verte como una de ellas dejaran de meterse contigo. Cambia de personalidad según quien te está hablando, conviértete en la persona que ellos quisieran que fueses.
Hoy sigo mostrando partes diferentes de mi depende de con quien esté hablando. Por lo tanto, nunca se si les gusto yo o la versión de mí que he creado para ellos.
REGLA 4: Analiza los patrones.
Escucha lo que te cuentan. Observa sus relaciones con otras personas. Cuenta los segundos que tardan en comentar algo que les gusta por la calle. Aprende su lenguaje corporal, los temas que les hacen tensarse, los que les relajan. Descubre sus inseguridades, sus miedos, sus prioridades, lo que es importante para ellos.
Cuanto más conoces a alguien más fácil es protegerse de ellos, les veras venir. Sabrás que decir o que no. Aprenderás a distinguir una amenaza potencial y una persona segura.
A día de hoy sigo haciendo esto, no puedo evitarlo. Mis ojos recorren sus hombros sus manos, los pequeños movimientos de los músculos de su cara. Se que van a decir antes de que lo hagan. Las personas se vuelven previsibles, aburridas. Cómo los personajes de un libro que ya te has leído.
REGLA 5: No puedes contar con nadie más.
Nadie quiere ser la próxima víctima así que no esperes que nadie se levante a protegerte. Da igual cuantos amigos tengas si les quitan importancia a tus heridas. Todo el mundo va a girar la cabeza, no busques ayuda. Los adultos son inútiles, hacen lo que pueden, pero no tienen ningún poder sobre los niños. No merece la pena decir nada. Estás sola, o te sacas a ti misma del rio o mueres ahogada.
Ahora me cuesta la vida confiar en nadie. La lista de gente en la que confiaba era muy corta, luego llegó el instituto y se volvió más corta todavía. Durante un par de años estuvo vacía, ahora trabajo en volver a llenarla. No pongo expectativas en nadie. Siempre con la certeza de que se irán a la primera de cambio.
REGLA 6: Los sentimientos están sobrevalorados.
Es mejor no sentir nada que sentir el dolor y el rechazo constantes. Es más fácil. Y si alguna vez necesitas sentir algo, un buen libro es una maravillosa manera de obtener chutes de emociones controladas. Si todo se vuelve demasiado, siempre puedes cerrar el libro.
Años después me he dado cuenta de que nunca aprendí a sentir, a modular mis emociones. Todo lo que siento es intenso, felicidad, tristeza, rabia, traición. A veces demasiado, me consume, como las hadas, demasiado pequeñas para sentir dos cosas a la vez. Y cuando se vuelve sobrecogedor mi primer instinto es apagarlo todo otra vez. Tomarme un respiro. Forzar la calma.
Había más reglas, más lecciones de supervivencia, pero esas son las que me dan más problemas como adulta.
En su momento cumplieron su cometido. Me mantuvieron a salvo, cuerda. Pero cuando llegó el momento de dejarlas ir, me di cuenta de que no conocía nada más.
No conozco nada más, pero sé que se me han quedado pequeñas. Yo sigo creciendo, como Alicia comiendo el pastel y de repente los techos se me han quedado pequeños. Me atrofian las alas, me mantienen encadenada a la piedra esperando a la próxima inevitable tragedia.
Desaprenderlas está siendo complicado. Uno trata de hacer el esfuerzo consciente de cambiar, de forzarte a ti mismo a salir de tu zona de confort, pero cuando quieres darte cuenta has vuelto al principio. Un poco como un adicto que vuelve a tener una recaída cuando las cosas van mal. Adicto a los malos hábitos, adicto al pánico. Adicto a pisar el freno antes de arrancar el motor.
Y mientras todos los demás aprenden nuevas lecciones, tu sigues nadando rio arriba luchando contra la fuerza de la corriente. Contra la fuerza de recuerdo y ansiedades que te dicen que estas mejor en tu zona de confort, que ya has pasado por esto que solo van a hacerte daño.
Pero la vida sigue adelante y para construir una casa nueva tienes que destruir la anterior. Tirar abajo los cimientos destrozados por el fuego.
No sé muy bien cómo. De momento estoy trabajando con el lema “finge hasta que sea real”. Apretando el botón preso del pánico. Hablar con alguien cuando el mapa dice que es un callejón sin salida. Tomar ese salto de fe.
Y mientras tanto, tiro abajo las lecciones envenenadas con el miedo.
Abajo con los muros.
Abajo con los miedos.
Abajo con las inseguridades.
Abajo con las lecciones.
Abajo con las técnicas de supervivencia.
Abajo con la reina roja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario