Si hago el esfuerzo, casi puedo recordar la primera vez.
El primer ataque de pánico. Lo primero que se me viene a la mente es que estaba llorando. Lágrimas saladas corrían por mi cara y caían en las preguntas sin responder del examen de matemáticas. Recuerdo como mi respiración entrecortada se volvía cada vez más acelerada Cómo ese nudo en la garganta que durante tanto tiempo había asociado a la tristeza y al miedo se apretaba para cortarme la respiración.
Recuerdo pensar que me estaba muriendo. Que mis pulmones se habían puesto en mi contra e intentaban matarme.
Recuerdo llevarme las manos al pecho, darme golpes en el esternón, como si estuviese tratando de arañar un agujero en mi cuello que dejase pasar el aire.
Me acuerdo perfectamente del sonido de mi corazón rebotando en mi cerebro como si fuesen cañonazos. me tapaba los oídos tratando como podía de hacer el sonido parar, pero sonaba más alto todavía. Lágrimas desesperadas caían por mi rostro, mejillas rojas como manzanas y la boca abierta intentando absorber todo el aire disponible. Manos que golpeaban mi cabaza tratando de volver a activar mis oídos que habían dejado de funcionar. Todo sonaba como si estuviese debajo del agua. Cómo si hubiesen cerrado una puerta hermética y me hubiese quedado encerrada con el sonido de mi propio corazón.
Recuerdo a mi profesor de matemáticas de cuclillas a mi lado, o supongo que era el, porque llegados a ese punto mi vista estaba borrosa y lo que antes vía con claridad se habían convertido en manchas de colores amorfas. Tuve que hacer un gran esfuerzo para discernir lo que decía, a día de hoy no estoy segura, pero creo que algo sobre las líneas de ¿estás bien? Recuerdo haber cogido su mano, haberla apretado y haber murmurado con esfuerzo:
“No puedo respirar.”
Después de eso todo está un poco a cachos.
En algún momento me sacaron de clase, me sentaron en el pasillo. Recuerdo una enfermera borrosa diciéndome que tenía que respirar. Rei tanto como pude con el aire que tenía disponible. Rei como alguien que está a punto de perder la cordura. Me pareció un comentario casi absurdo “tienes que respirar” decía. Sonaba demasiado bajo y distorsionado, pero lo entendí y traté de explicarle a aquella amable enfermera que si pudiese respirar no estaríamos teniendo este problema.
Cuando conseguí recuperar el aliento estaba sentada contra las taquillas, las cerraduras se clavaban en mi espalda, el suelo contra el que había intentado clavar las uñas estaba lleno de polvo y pelusas.
Cuando todo terminó ya no escuchaba el latido de mi corazón en mis oídos, sino un pitido agudo largo constante mientras mis oídos se acostumbraban a todos esos sonidos que habían dejado de escuchar. Mi piel que antes se había sentido incómoda bajo mi ropa, ahora estaba cubierta por un suave hormigueo. Mis ojos volvían a ver con claridad, pero me escocían. Me incitaban a la inconsciencia, al sueño. Y mi cabeza estaba vacía incapaz de formular un pensamiento, hormigas recorrían mi cerebro como cuando se te duerme un pie, y el oxígeno en mi cabeza me provocó un mareo como si hubiese bebido demasiado.
Recuerdo estar ahí sentada, ojos pesados, respiración profunda, mejillas mojadas, apoyada contra las taquillas como una muñeca de trapo. Cómo un soldado que vuelve a casa después de su primera batalla.
Cuando me puse en pie me fallaron las rodillas. Tuvieron que sujetarme para poder bajar a secretaría y me dejaron allí, esperando a que volviese mi madre.
Cuando acabó el ataque se quedó el pánico. Me cerebro adormilado, puesto de oxígeno trataba de comprender lo que acababa de pasar. ¿Por qué mi cuerpo se había puesto en mi contra?, ¿porque había perdido el control? Recuerdo tener miedo, mucho miedo. Manos temblorosas agarraban la mochila contra mi pecho tratando de encontrar alivio en su peso sobre mis piernas.
Respiración temblorosa, ojos perdidos delante de mí tratando de procesar algo para lo que mi cerebro no estaba preparado.
Tenía once años.
Cuando llegó mi madre no recuerdo lo que le dije, solo recuerdo el abrazo cálido y reconfortante, su voz suave en mi oído susurrando “esto lo resolvemos juntas”. Si se refería a los ataques de pánico o mis problemas con las matemáticas nunca pregunté. A lo mejor ambas.
Me encetaría decirte que ahí se acabó el problema, que no volví a tener un ataque de pánico, pero la verdad es que se convirtieron en una pesadilla recurrente. Llegó un punto en que las esperaba, antes después o durante los exámenes. Lidiaba con ellos como quien deja pasar a un viejo amigo que sabe que va a hacerle daño, con resignación y un nudo en la garganta.
Aprendí a lidiar con ellos sola, encerrada en el cuarto de baño en mi habitación. Todo con tal de que no se preocuparan por mí. Aprendí a buscar las texturas bajo las yemas de mis dedos, para mantener mis manos ocupadas, para evitar rascarme o los golpes. Aunque fuese solo por demostrarme que había parte de mí que aún estaba bajo mi control. Aprendí a buscar los patrones, en los colores, en los golpes rítmicos contra mi pecho; aprendí a encontrar cobijo en el sonido de mi propio corazón.
“bum bum, bum bum, bum bum.”
Aun puedo verme sentada sobre la taza del váter en un baño vacío del colegio meciéndome con la mirada perdida, dándome suaves golpes rítmicos contra el pecho y murmurando “bum bum, bum bum, bum bum”.
Al cambiar de colegio descubrí que los niños llevan los ataques de pánico mejor que los adultos. Mientras la enfermera se sentaba delante de mí y me recordaba que respirase, mis amigas encontraron maneras de ayudarme a respirar. Una de ellas tamborileaba ritmos contra mi pierna que yo tenía que imitar, la otra buscaba la risa entre mis lágrimas. Había abrazos que me apretaban contra ellas, calma sin miradas preocupadas. Recordatorios de que todo iba a estar bien, de que no me preocupase, de que saldría de esta. Y de que no importa cuánto sueño tengas un ataque de pánico no en el mejor momento para quedarse dormida.
El después nunca dejó de darme miedo. Mis manos seguían temblando, el pánico paralizando mi cuerpo y lo único que mi cerebro podía formular es “estoy bien, solo estoy cansada”. Esa respuesta que no quiere testigos, que hace que se marchen y te dejen dormir.
El después siempre es aterrador, se mezclan el miedo, la vergüenza, el cansancio y la vulnerabilidad. Y te quedas paralizado mirando el techo preguntándote si sobrevivirás el siguiente
A lo mejor por eso se llaman ataques de pánico, porque eres tú contra ti mismo, luchas una batalla contra tu cerebro. Tus pulmones lanzan un ataque que el resto de tu cuerpo no puede combatir. Es un acto de autosabotaje para el que no puedes planear una estrategia. Te conviertes en traidor y víctima. En agente doble contra tu propia mente.
Esta historia no tiene moraleja. No sugiere ningún tratamiento, ninguna cura. Porque esta es una pesadilla que me sigue acechando en la parte más oscura de mi mente.
Solo recordarte que no estás sola.
Que no te vas a morir.
Que sobrevivirás la siguiente.

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