lunes, 1 de mayo de 2023

Lo Estoy Intentando

 Lo estoy intentando, te lo prometo 

Estoy tratando de tomármelo como un reto, 

De buscarle a todo un significado, un código secreto. 


 Lo estoy intentando, te lo juro. 

Pero el día a día es cada vez  más duro, 

Como darte golpes constantemente contra un muro. 


Lo estoy intentando, y te encantará saber 

Que he recuperado mi pasión por aprender, 

Ya sea griego antiguo, o francés, a bordar o a coser 


Lo estoy intentando, lucho contra el miedo. 

Esta vez estoy empezando algo nuevo 

Me tiemblan las manos, pero hago lo que puedo. 


Lo estoy intentando, estoy aprendiendo a confiar. 

A cerrar los ojos, coger aire y saltar. 

A seguir escalando no importa cuánto me cueste respirar. 


 Lo estoy intentando, pero no es fácil. 

El barco se hunde, yo me agarro al mástil, 

El camino está lleno de obstáculos y yo no soy precisamente ágil. 


 Lo estoy intentando, pero no paro de caerme. 

Esto es un laberinto y yo no dejo de perderme 

Las lágrimas emborronan la tinta y a mí misma me cuesta entenderme. 


 

Lo estoy intentando, te lo digo de verdad, 

Estoy esforzándome por actuar presentable en sociedad 

Trato cuando puedo de no hacerle demasiado caso a la ansiedad 


 Lo estoy intentando y sé que voy tarde 

el miedo en mí ya no es una chispa, ahora arde. 

Y cada vez que me doy la vuelta no puedo evitar sentirme cobarde 


 Lo estoy intentando, y espero que puedas entender, 

Que hubo demasiadas cosas que tenía que proteger 

No me dio tiempo a prepárame para las responsabilidades de crecer. 


 Lo estoy intentando, como en mis historias, 

Pero la vulnerabilidad se quedó perdida en mis memorias 

El miedo me encierra, bloquea las salidas y no me queda escapatoria. 


 Lo estoy intentando, aprendo a ser valiente, 

A seguir adelante sin escuchar a la voz que grita en mi mente 

Y que no importa cómo me miren estaré orgullosa de ser diferente 


 Lo estoy intentando, pero hay un pitido en mis oídos 

Suena cada vez que me encuentro con viejos amigos 

Cada vez que tengo miedo o pienso en todos esos recuerdos perdidos. 

 

Lo estoy intentando, estarás orgulloso. 

Caminos sobre cristales, aunque sea doloroso, 

A dar el salto cuando pueda, aunque parezca peligroso. 


 Lo estoy intentando, te lo prometo. 

Para Coger una Ola

 Oye, yo ya. 


Ese es el pensamiento que pasa por mi cabeza, sentada en la arena, el viento salado sopla contra mi rostro revolviendo mi pelo mientras el sol lo pinta color miel. Hay gotas de agua pegadas a mis brazos, mis piernas, chorreando por mi pelo, y corren por mi piel recordándome que no he tenido el valor de volver a meterme en el agua. 


Cuando aprendes a surfear, antes de meterte en el océano, pasas un buen rato entrenando en la arena. Te enseñan a levantarte, a mantener el equilibrio. Te enseñan a tener cuidado de la corriente, a qué hacer si te arrastra y cómo volver a la orilla sin ahogarte en el intento. Aprendes a leer el mar, a comunicarte con él y sobre todo aprendes a fluir. A hacer lo que puedes con las olas que se te dan. 


 


Porque cuando se trata del mar, no puedes diseñar la ola perfecta. Puedes esperar. Quedarte sentado sobre tu tabla como una boya, mirando olas pasar como oportunidades que se escapan entre tus dedos hasta que decides remar. Y entonces te das la vuelta, levantas el pecho y remas con todas tus fuerzas, y cuando el momento es correcto, te levantas. Y solo entonces tomas control, y decides qué vas a hacer con esa ola que has elegido.  


Pero también tendrás días en los que no haya olas, no haya oportunidades. Días en los que el mar descansa, casi como un titan dormido y puedes ver las nubes reflejadas como si se mirasen el espejo. El agua se refleja en el agua y tú te quedas ahí, esperando. También habrá días en las que el mar está demasiado revuelto, las olas no son buenas, y las oportunidades no se ajustan a lo que estás buscando. Y ahí tienes tres opciones, puedes intentar surfear la primera ola chorra que pase y arriesgarte a perder una buena ola, puedes surfear la ola que esperabas y arriesgarte a caer y que la presión te empuje contra el arrecife, o puedes quedarte en la playa, sentarte en la arena, y esperar a que en algún momento el mar se calme, deje de revolverse furioso y te regale una serie de olas de perfil definido y agua cristalina. Pero eso, también significa, quedarte sentada en la arena mirando todas las oportunidades pasar. 


 


Yo estoy sentada en la arena, la crema de sol a un lado y un libro al otro mientras veo a mis hermanos coger ola tras ola. Les veo caerse, una y otra vez, salir del agua con una enorme sonrisa en la cara, recuperar la tabla y nadar de nuevo mar adentro. Se han llevado algún revolcón, pero no parece importarles, y si en algún momento es demasiado, o se han llevado un susto, se vienen conmigo a la arena, beben una botella de agua, me dan un abrazo y vuelven a entrar. Siempre vuelven a entrar. A veces pasan horas esperando la ola adecuada, el sol les golpea la espalda, cristalizando gotas de sal sobre su piel mientras ellos esperan la ola correcta, la oportunidad de una vida. 


Ambos son surfistas de tabla larga. Les gusta la estabilidad, surfean las olas como quien pinta en un lienzo dejando su marca sobre un fondo en blanco. De vez en cuando, surfean en tándem con alguien más, y llegan a sincronizarse con esa persona a buscar el equilibrio entre los dos para que ninguno ponga demasiado peso y les tire de la tabla.  En ocasiones bailan sobre la madera, caminan con pequeños pasos hacia delante hasta que llegan a la punta casi jugando con el miedo, estiran los brazos y gritan y luego ríen y vuelven a echarse hacia atrás, al centro de su equilibrio, a la seguridad en su perpetuo movimiento. 


 


Yo, por el contrario, tengo una tabla corta. Da más paso a la creatividad, te permite hacer trucos increíbles, aéreos en los que por un par de segundos te vuelves gaviota y vuelas a ras de mar. Te da más libertad de movimiento, ofrece menos resistencia. Pero eso también significa que es mucho más difícil mantener el equilibrio. 


Y yo cuento con una desventaja añadida. Y es que yo tengo a la espalda una mochila, que la gente a mi alrededor ha ido poco a poco llenando de piedras. Y no importa cuantas veces les dijesen que basta, porque una vez la piedra está dentro de la mochila, se queda atascada y no puede salir.  


La cosa es que cuando tu entras al agua con una mochila llena de piedras, te hundes. Dejas de ser surfista y te conviertes en astronauta, dando pequeños saltos. Pequeños pasos para la humanidad, pero enormes pasos para ti.  


Tiene sus ventajas, no me malinterpretes. Debajo del agua, vi un montón de peces distintos, acaricié a las mantarrayas, aprendí a nadar con los tiburones. Las estrellas de mar me enseñaron a sanar mis heridas, los pulpos me enseñaron a camuflarme, a esperar al último momento antes de atacar; y los delfines me recordaron que el juego y la diversión no se pierden solo porque no puedas respirar. 


 


Mientras veo a mis hermanos surfear, deslizarse sobre las olas como si fuesen parte de la imagen, disfrutando de la adrenalina y del viento pienso:  


“Oye, yo ya.”  


Yo quiero hacer eso. Ya es suficiente, submarinismo, mi colección de conchas es lo suficientemente grande y estoy preparada para coger una ola y deslizarme. Quiero pasar por dentro de un tubo, ver el agua cerrarse a mi alrededor, quiero ver como la luz del sol atraviesa la ola dejando chispas doradas tras de sí, ser capaz de estirar la mano, y rozar el agua. Y, sobre todo, quiero poder respirar hondo cuando la ola rompe detrás de mí y he salido a salvo. Quiero sentarme ahí fuera a esperar la ola adecuada, remar con todas mis fuerzas y saber con certeza que he tomado la decisión correcta. Quiero ver la ola levantarse tras de mí, ir hacia arriba con mi tabla y volar dando vueltas, y quiero saber que cuando caiga, seguiré en pie. Y, sobre todo, quiero poder abrir los brazos y gritar antes de que me consuma la alegría y empiece a reír a carcajadas. 


 


Así que cojo mi tabla, me la pongo debajo del brazo y corro hasta la orilla. Pero entonces veo una enorme ola romper. Cae violenta sobre el mar, el estruendo que produce hace que tiemblen las ventanas y se sacudan las puertas, la espuma corre con fuerza llevándose por delante todo lo que ve. Y de pronto la mochila a mi espalda pesa más. 

Porque sé que es lo que va a pasar si me caigo, sé que, con la mochila a mi espalda, cuando pierda el equilibrio y caiga para atrás no voy a resurgir nadando como si nada, no, me voy a hundir. Y de nuevo no podré respirar. La ola romperá sobre mí, me empujará con violencia contra las rocas, me sacudirá de un lado a otro como un trozo de madera a la deriva, agua entrará a mis pulmones la espuma me envolverá por completo y no veré la manera de salir. Y cuando crea que voy a ahogarme y que ya no puedo más, el mar me escupirá en la orilla y me seducirá de nuevo con sus olas para que lo intente otra vez. 


 


No importa cuantas veces intente dejar la mochila olvidada en la arena donde estaba sentada, cada vez que me giro a mirar atrás o me asusto vuelve a estar ahí.  


No me queda otra opción. Vuelvo a la arena arrastrando los pies, y me siento. Pero esta vez, pongo mi mochila delante y la sacudo bocabajo para que salgan las piedras. Algunas de las más pequeñas salen sin problemas y parte de la arena que ha estado ahí erosionando las rocas cae con ellas también, pero las piedras grandes se han quedado atascadas en la entrada y tengo que sacarlas de una en una. 


No es un proceso fácil, las piedras están tan sujetas que me arañan las manos, dejando tras de sí líneas rosadas como carreras por mis muñecas. Miro a mi alrededor para buscar un palo, algo para hacer palanca y veo a otra persona. Un chico más o menos de mi edad, sentado cerca de la orilla golpeando su mochila con una piedra más grande, con la esperanza de que las rocas de su bolsa se hagan añicos y puedan salir. Tiene ampollas en las manos, cortes en los brazos y la cara le brilla con agua salada que no parece ser de mar.  


A mi izquierda hay una señora más mayor que yo, los pelos blancos entre su melena pelirroja reflejan el sol, está sentada en una hamaca con su mochila entre las piernas mientras echa una buena cantidad de aceite bronceador para que lo que haya atascado resbale mejor. Al lado de la mujer hay una niña más joven que yo, todavía tiene los dientes de leche el pelo color azabache y la cara llena de pecas, sonríe de con fuerza mientras lágrimas caen por sus mejillas como torrentes y atiza a su padre con su mochila llena de piedras un par de veces hasta que este levanta la cabeza del periódico, cuando lo hace la niña le pide las tijeras y empieza a rasgar la tela de la mochila como si fuese un trapo viejo; ríe mientras lo hace, una risa alta y melódica, como las cacofonías en un psiquiátrico infantil, su padre la mira con horror y ella solo se encoge de hombros y le dice “aprenderé a coser”. 


Parece que no soy la única con demasiadas piedras en la mochila. 


Todo me parecen buenas ideas, pero creo que voy a intentar usar una palanca primero. Me doy la vuelta para coger algún palo detrás de mí, y entonces la veo. Mi hermana pequeña me mira desde la playa, me sonríe de oreja a oreja y me saluda tan efusivamente que sus rizos dorados se mueven salvajes y bailan con la brisa. Ella aún está aprendiendo, aún le están dando lecciones de equilibrio en la arena. Aún tiene que aprender a levantarse y coger fuerza.  


Yo le devuelvo el saludo, inconscientemente empujo la mochila llena de piedras detrás de mí con el pie para que no la vea, para que no descubra que después de tanto tiempo sigo siendo incapaz de surfear una ola, pero mientras lo hago veo como una de las niñas de su clase le mete una piedra en la mochila sin que ella se dé cuenta. La niña se va riendo bajo su aliento y vuelve de nuevo con el grupo de chicas que por alguna razón llevan todas las mismas sudaderas. Miro a mi alrededor, a todas las personas solas intentando vaciar sus mochilas y pienso en la vergüenza, en el sentimiento de fracaso que corre por mis venas cada vez que miro a mis hermanos coger una buena ola cuando yo ni siquiera puedo mantenerme a flote. Pienso en que hará ella, cuando las rocas sean demasiado, cuando no pueda nadar ¿se sentirá sola?  


Respiró hondo, me siento de lado, para que ella pueda ver con claridad lo que estoy haciendo, cojo un palo junto a mí y empiezo hacer palanca. Puede que acabe con las manos llenas de astillas, que me sangren las uñas, que se me llenen las muñecas de costras y cicatrices. Pero al menos ella sabrá que no hay nada de malo en tomarte un tiempo para sanar, para asegurarte de que no vas a hundirte en el intento. Para respirar. 


 


Las olas pasan, veo oportunidad tras oportunidad pasar delante de mí y yo sigo aquí vaciando mi mochila. “Solo tengo que sacar suficientes como para poder mantenerme a flote” me digo. Después de todo, caerse es parte de la experiencia y para poder surfear, primero tienes que saber nadar. 


Y dentro de nada seré capaz de coger esa ola de toda una vida. 



viernes, 21 de abril de 2023

Una taza de porcelana

 Cuando yo era pequeña tenía una taza de porcelana. Una taza preciosa, exquisita. Era blanca como la nieve y tenía dibujados árboles preciosos y pequeñas hadas delicadas cubrían su superficie. Era una de mis cosas favoritas, me la regalaron mi padre y mi madre al nacer y yo la llevaba siempre conmigo. Tal vez no la traté con la delicadeza que se merecía, la llevaba envuelta en un par de pañuelos y metida en el bolsillo de la chaqueta, siempre cerca de mí. No había papel de burbujas, ni papel de envolver, no estaba cuidadosamente metida en una caja para evitar cualquier daño, para asegurar un viaje seguro. Pero supongo que cuando eres pequeño tu cerebro no está pensando en todas las cosas que pueden salir mal cuando metes una taza en tu bolsillo, piensa más bien en que no puedes tener una fiesta del te si tu taza está envuelta en tres capas y metida en una caja.  Por lo que la taza vivía en mi bolsillo, entre las pelusas, las hojas y los papeles que había en mis bolsillos. 


Yo estaba increíblemente orgullosa de mi taza, la llevaba a todas partes, se la enseñaba a todo el que estuviese dispuesto a mirarla. La usaba para beber agua en clase, la llenaba de notitas de mis amigas, bebía pociones de ella en el recreo, era el premio al final de las pistas de la busca del tesoro, el modelo en dibujo plástico y mi mayor animadora en educación física. A los adultos le resultaba fascinante, me hacían preguntas sobre ella, sobre sus intricados dibujos, sobre su delicado mango, sobre las hadas y la magia que formaban parte de ella.  


 


Esa taza tenía un pequeño altar en mi cofre del tesoro, donde guardaba todas las cosas especiales, las piedras brillantes, las plumas bonitas, las hojas de colores. A todo el mundo le gustaba mi taza, era una taza divertida, preciosa, llena de posibilidades. O al menos eso creía yo, porque ¿Cómo puede no gustarle a alguien algo tan bonito?  Así que mi taza estaba siempre sobre mi mesa mientras escribía, en la esquina izquierda de mi mesa, sujetando todos mis lápices sin protección alguna porque nadie querría hacerle daño. Nadie querría hacerme daño. 


Un día cualquiera una niña de clase le regalo a un niño un tirachinas. Le convenció para que apuntase a mi taza. Le dijo que era una taza rara, que sería divertido, que todo el mundo se reiría si él le daba a mi taza. Y él se metió la mano en el bolsillo y cogió una de esas pequeñas piedras que aparecen siempre en los bolsillos de los niños pequeños, apuntó, estiró la goma y falló. Al menos las primeras veces falló. Supongo que yo era demasiado ingenua u optimista como para ver que las piedras me estaban apuntando a mí, para mí solo eran piedras que volaban en la dirección equivocada. Así que no pensé en ello, no lo vi venir, no levanté protecciones. Si las piedras no me dejaban ir a mi sitio mi taza y yo nos convertíamos en soldados y nos arrastrábamos por las trincheras enemigas, si las piedras volaban hacia mi cuando intentaba jugar con mis compañeros mi taza y yo nos íbamos a las escaleras de la biblioteca con un libro disfrutábamos de los más emocionantes y maravillosos viajes. Visitábamos tierras llenas de magia y dragones, de hadas y robles parlantes. Porque después de todo, las piedras que lanzaban tenían que estar yendo en la dirección incorrecta, era solo un accidente, no querían hacerme daño. 


 


Pero entonces sucedió lo impensable. El niño de los lagos estiró la goma apuntó a mi taza y acertó.  


Y la taza se hizo añicos. 


Calló con un ruido estridente, como si se riese el cristal. 


Trozos de porcelana repartidos por el suelo, dibujos incompletos, hadas perdidas, trozos minúsculos que jamás sería capaz de recuperar. Yo caí de rodillas junto ella. Lágrimas corrían carreras por mis mejillas mientras yo trataba desesperadamente de coger todos los trozos de la taza para poder arreglarla. Las risas hicieron eco en mis oídos, transportadas entonces a un segundo plano dentro de mi cabeza. Por el rabillo de mis ojos podía verlos chocar los cinco, darse palmadas en la espalda, felicitarse por un trabajo bien hecho. Curiosamente, no creo que nadie escuchase la taza romperse, quizás en mi eterno optimismo, creo que no pretendían hacer la taza añicos. Querrían agrietarla quizás, tirarla al suelo, asustarme, pero no creo que fuesen conscientes del daño permanente que habían provocado. 


Pero sea como fuese, la taza estaba rota, trozos de porcelana que tintineaban cuando alguien se acercaba, que me pinchaban cuando metía la mano en mi bolsillo. Llegué a casa e intenté arreglarla. Empecé buscando los dibujos como un puzle, poniéndolas uno junto a otro buscando la rama correcta, las alas asignadas, pero la porcelana se había descascarillado y algunos dibujos ya no encajaban. No le dije nada a nadie mientras intentaba arreglar la taza debajo de mis sábanas, estaba avergonzada supongo. Mirando atrás recordé todos aquellos instantes en los que las piedras me habían rozado a mi o a mi taza y maldije mi estupidez. Obviamente las piedras no estaban volando en la dirección equivocada, volaban ligeramente desviadas de su blanco. Obviamente querían hacerme daño, cuando el torrente proyectiles era constante. Obviamente querían romper mi taza y yo no hice nada para defenderla. Gotas de lágrimas y sangre caían sobre la sábana bajera, y la cola blanca no tenía la suficiente fuerza como para pegar la taza. La tuve en la mesilla de noche un par de días, intenté arreglarla una y otra vez, pero acabé con los dedos llenos de tiritas, llena de ira, frustración y tristeza. Mirar la taza hecha añicos dolía demasiado, de manera que la metí en un armario oscuro y cerré la puerta. 


 


Sabía que no iba a haber castigos en casa si llegaba y explicaba lo que había pasado. Pero, aun así, proteger la taza era mi trabajo y había fracasado. Mi propia estupidez que me llevó a ignorar las piedras, a confiar en mis compañeros había conseguido que rompiesen mi taza, que la hiciesen añicos. Supongo que no quería hablar de ello, que vivirlo una vez fue suficiente, que quería hacerlo todo parar, de modo que no dije nada, bajé la cabeza y aprendí a vivir sin mi taza. Ya no había hadas, no había pociones en el recreo, no había emociones que llenaran la taza, ya no había puente entre el mundo real y mis historias. 


La vida sin mí taza no era fácil, pero aprendí mucho de su pérdida. Aprendí a evitar las piedras antes de que las lanzasen. A no confiar algo tan frágil a cualquiera, y si alguna vez se me olvidaba, escuchaba al cristal reírse otra vez, mientras mi taza se hacía añicos. Aprendí a evitar a cualquiera con un tirachinas, a mirar a otro lado cuando pasaban las chicas de pelo sedosos y brillo de glos. Pero, sobre todo, aprendí a no mirar dentro del armario. De vez en cuando, cuando miraba las fotos, me encontraba a mí misma recorriendo con cariño la imagen de esa niña pequeña a la que le faltan los paletos sujetando con cuidado su preciada taza de porcelana, entonces me acercaba de nuevo al armario y lo abría. Cogía los trozos de porcelana y pasaba los dedos rozando la forma de las pequeñas hadas que habían perdido sus alas. Y me acordaba, del sonido de la risa del cristal, de las risas de mis compañeros, de todas aquellas piedras que había ignorado. Y en ese momento mi dedo pasaba por el borde de la porcelana y me cortaba. Se me hacía un nudo en la garganta y volvía a tener ocho años de rodillas frente a mi taza rota. Y Cómo seguía doliendo volvía a cerrar el armario. 


Aquella situación se dio más de lo que uno esperaría. Me sentía nostálgica, incompleta, así que iba a ver que tal iba la taza, pero por alguna razón cada vez que abría el armario la taza estaba rota. No importa cuánto me sentase y desease que la taza se arreglara o cuantos abrazos me diesen mis padres. 


 Cada vez que abría el armario, la taza seguía rota. 


 


Cuando crecí un poco más y ya era lo suficientemente mayor como para saber porque no puedes arreglar porcelana con cola blanca intenté arreglarla otra vez. Me senté esta vez con un tubo de pegamento caliente, coloqué los cachos de taza en frente de mi por tamaños y traté de empezar a pegar los más grandes. Y durante un rato funcionó, pero era impaciente. Traté de pegarlo todo demasiado rápido de arreglarlo de una vez por todas, pero como no esperaba a que se secase el pegamento los trozos de porcelana se caían una y otra vez cómo un castillo de naipes. Y así acababa yo. Vencida otra vez por la estúpida taza de porcelana, con los dedos llenos de cortes y quemaduras, los ojos llorosos y ganas de gritar porque por alguna razón no podía arreglar la taza sola. Por lo tanto, llena de frustración volví a meter la taza en el armario. Incapaz de arreglarla, pero incapaz de tirarla a la basura. 


 


Y el ciclo empezaba otra vez. Cada vez que veía algún hada traviesa, o veía a alguien con un tirachinas me acordaba de mi taza y abría el armario. Pero como ya habrás averiguado, no importa cuantas veces cerrase el armario, cuanto tiempo pasase, la taza seguía rota. Y cada vez que la veía yo volvía a ser esa niña de ocho años llena de ira dolor y tristeza. 


 


No fue hasta los veinte, con la seguridad de un ya casi adulto que llegué a la conclusión de que yo no podía arreglar la taza, no porque la taza fuese un caso perdido, sino porque yo no era una experta, yo no sabía cómo arreglar tazas. Así que cogí la taza, la metí en los mismos pañuelos con los que solía envolverla al metérmela en el bolsillo y me llevé a una experta. Ella la miró con una lupa, inspeccionó cada borde y cada dibujo y decretó que la taza volvería a ser una taza. No sería la misma, pero sería una taza. Y me puso, como única condición que la ayudase a arreglarla.  


No fue un proceso fácil, hubo sangre, sudor y lágrimas. Y en más de una ocasión destroce nuestro progreso por querer ir demasiado deprisa. A veces teníamos buenos días en los que éramos capaces de reconstruir una gran parte de la taza, otros días eran malos, y volvía a casa con las manos llenas de heridas y ampollas. No importa cuantos días buenos hubiese, cuanto creyese yo que le estaba cogiendo el tranquillo, que ya era buena en eso, siempre había un par de días malos a la vuelta de la esquina dónde la frustración y el dolor eran demasiado. 


 


Pero finalmente arreglamos la taza, y no es por tirarme flores, pero es casi más bonita que antes. Después de todo, yo siempre he sido de la teoría de que las cicatrices son una preciosa decoración porque cuentas las historias más interesantes. 


 


El trauma es un poco así, creo yo. Un poco como mi taza rota. Si metes el trauma en la parte trasera de tu mente porque duele demasiado, no importa cuantas veces abras el armario la taza va a seguir rota. Y cada vez que algo te recuerde a tu trauma, no importa cuánto tiempo halla pasado, va a doler igual, porque la taza sigue rota. Y hasta que no te sientes con un experto a arreglar tu taza, no va a dejar de doler. E incluso entonces, no va a ser un proceso indoloro, porque sanar no es linear. Habrá días en los que te sientes el rey del mundo y días en los que te cortarás los dedos con los trozos rotos de porcelana. Y si puedes arreglarlo tu maravilloso. 


 Pero recuerda, que si no arreglas la taza, no importa cuánto tiempo pase, va a estar rota cada vez que abras el armario. 


 


Si no arreglas la taza, va a seguir doliendo. 

miércoles, 19 de abril de 2023

La Primera Vez

 Si hago el esfuerzo, casi puedo recordar la primera vez. 


El primer ataque de pánico. Lo primero que se me viene a la mente es que estaba llorando. Lágrimas saladas corrían por mi cara y caían en las preguntas sin responder del examen de matemáticas. Recuerdo como mi respiración entrecortada se volvía cada vez más acelerada Cómo ese nudo en la garganta que durante tanto tiempo había asociado a la tristeza y al miedo se apretaba para cortarme la respiración. 


Recuerdo pensar que me estaba muriendo. Que mis pulmones se habían puesto en mi contra e intentaban matarme. 


Recuerdo llevarme las manos al pecho, darme golpes en el esternón, como si estuviese tratando de arañar un agujero en mi cuello que dejase pasar el aire. 


Me acuerdo perfectamente del sonido de mi corazón rebotando en mi cerebro como si fuesen cañonazos. me tapaba los oídos tratando como podía de hacer el sonido parar, pero sonaba más alto todavía. Lágrimas desesperadas caían por mi rostro, mejillas rojas como manzanas y la boca abierta intentando absorber todo el aire disponible. Manos que golpeaban mi cabaza tratando de volver a activar mis oídos que habían dejado de funcionar. Todo sonaba como si estuviese debajo del agua. Cómo si hubiesen cerrado una puerta hermética y me hubiese quedado encerrada con el sonido de mi propio corazón. 


Recuerdo a mi profesor de matemáticas de cuclillas a mi lado, o supongo que era el, porque llegados a ese punto mi vista estaba borrosa y lo que antes vía con claridad se habían convertido en manchas de colores amorfas. Tuve que hacer un gran esfuerzo para discernir lo que decía, a día de hoy no estoy segura, pero creo que algo sobre las líneas de ¿estás bien? Recuerdo haber cogido su mano, haberla apretado y haber murmurado con esfuerzo: 


 


“No puedo respirar.” 


 


Después de eso todo está un poco a cachos. 


En algún momento me sacaron de clase, me sentaron en el pasillo. Recuerdo una enfermera borrosa diciéndome que tenía que respirar. Rei tanto como pude con el aire que tenía disponible. Rei como alguien que está a punto de perder la cordura. Me pareció un comentario casi absurdo “tienes que respirar” decía. Sonaba demasiado bajo y distorsionado, pero lo entendí y traté de explicarle a aquella amable enfermera que si pudiese respirar no estaríamos teniendo este problema. 


 


Cuando conseguí recuperar el aliento estaba sentada contra las taquillas, las cerraduras se clavaban en mi espalda, el suelo contra el que había intentado clavar las uñas estaba lleno de polvo y pelusas. 


Cuando todo terminó ya no escuchaba el latido de mi corazón en mis oídos, sino un pitido agudo largo constante mientras mis oídos se acostumbraban a todos esos sonidos que habían dejado de escuchar. Mi piel que antes se había sentido incómoda bajo mi ropa, ahora estaba cubierta por un suave hormigueo. Mis ojos volvían a ver con claridad, pero me escocían. Me incitaban a la inconsciencia, al sueño. Y mi cabeza estaba vacía incapaz de formular un pensamiento, hormigas recorrían mi cerebro como cuando se te duerme un pie, y el oxígeno en mi cabeza me provocó un mareo como si hubiese bebido demasiado. 


Recuerdo estar ahí sentada, ojos pesados, respiración profunda, mejillas mojadas, apoyada contra las taquillas como una muñeca de trapo. Cómo un soldado que vuelve a casa después de su primera batalla. 


 


Cuando me puse en pie me fallaron las rodillas. Tuvieron que sujetarme para poder bajar a secretaría y me dejaron allí, esperando a que volviese mi madre.  


 


Cuando acabó el ataque se quedó el pánico. Me cerebro adormilado, puesto de oxígeno trataba de comprender lo que acababa de pasar. ¿Por qué mi cuerpo se había puesto en mi contra?, ¿porque había perdido el control? Recuerdo tener miedo, mucho miedo. Manos temblorosas agarraban la mochila contra mi pecho tratando de encontrar alivio en su peso sobre mis piernas. 


Respiración temblorosa, ojos perdidos delante de mí tratando de procesar algo para lo que mi cerebro no estaba preparado. 


 


Tenía once años. 


 


Cuando llegó mi madre no recuerdo lo que le dije, solo recuerdo el abrazo cálido y reconfortante, su voz suave en mi oído susurrando “esto lo resolvemos juntas”. Si se refería a los ataques de pánico o mis problemas con las matemáticas nunca pregunté. A lo mejor ambas. 


 


Me encetaría decirte que ahí se acabó el problema, que no volví a tener un ataque de pánico, pero la verdad es que se convirtieron en una pesadilla recurrente. Llegó un punto en que las esperaba, antes después o durante los exámenes. Lidiaba con ellos como quien deja pasar a un viejo amigo que sabe que va a hacerle daño, con resignación y un nudo en la garganta. 


Aprendí a lidiar con ellos sola, encerrada en el cuarto de baño en mi habitación. Todo con tal de que no se preocuparan por mí. Aprendí a buscar las texturas bajo las yemas de mis dedos, para mantener mis manos ocupadas, para evitar rascarme o los golpes. Aunque fuese solo por demostrarme que había parte de mí que aún estaba bajo mi control. Aprendí a buscar los patrones, en los colores, en los golpes rítmicos contra mi pecho; aprendí a encontrar cobijo en el sonido de mi propio corazón. 


“bum bum, bum bum, bum bum.” 


Aun puedo verme sentada sobre la taza del váter en un baño vacío del colegio meciéndome con la mirada perdida, dándome suaves golpes rítmicos contra el pecho y murmurando “bum bum, bum bum, bum bum”. 


 


Al cambiar de colegio descubrí que los niños llevan los ataques de pánico mejor que los adultos. Mientras la enfermera se sentaba delante de mí y me recordaba que respirase, mis amigas encontraron maneras de ayudarme a respirar. Una de ellas tamborileaba ritmos contra mi pierna que yo tenía que imitar, la otra buscaba la risa entre mis lágrimas. Había abrazos que me apretaban contra ellas, calma sin miradas preocupadas. Recordatorios de que todo iba a estar bien, de que no me preocupase, de que saldría de esta. Y de que no importa cuánto sueño tengas un ataque de pánico no en el mejor momento para quedarse dormida.  


 


El después nunca dejó de darme miedo. Mis manos seguían temblando, el pánico paralizando mi cuerpo y lo único que mi cerebro podía formular es “estoy bien, solo estoy cansada”. Esa respuesta que no quiere testigos, que hace que se marchen y te dejen dormir. 


 


El después siempre es aterrador, se mezclan el miedo, la vergüenza, el cansancio y la vulnerabilidad. Y te quedas paralizado mirando el techo preguntándote si sobrevivirás el siguiente 


 


A lo mejor por eso se llaman ataques de pánico, porque eres tú contra ti mismo, luchas una batalla contra tu cerebro. Tus pulmones lanzan un ataque que el resto de tu cuerpo no puede combatir. Es un acto de autosabotaje para el que no puedes planear una estrategia. Te conviertes en traidor y víctima. En agente doble contra tu propia mente. 


 


Esta historia no tiene moraleja. No sugiere ningún tratamiento, ninguna cura. Porque esta es una pesadilla que me sigue acechando en la parte más oscura de mi mente. 


Solo recordarte que no estás sola. 


Que no te vas a morir. 


Que sobrevivirás la siguiente. 

martes, 11 de abril de 2023

Abajo con la reina roja

 Para la mayoría de la gente el objetivo en sus veintes es aprender. Aprender a ser adultos, a tener relaciones sanas, a pagar impuestos, a criar niños. 


 

Pero para algunos de nosotros el objetivo es desaprender lo que ya hemos aprendido. Años y años de traumas. Bloques de malas experiencias que construyen castillos. Y te ves a ti mismo obligado a convertirte en el equipo de demolición. En destruir los fundamentos de la casa que lleva siendo ti hogar tanto tiempo. La infraestructura que te ha mantenido a salvo de las peores tormentas. 


Eso nunca es fácil, normalmente es terrorífico. 


Pero esos castillos están construidos sobre arena y no puedes crear una vida sobre terreno inestable. 


Yo suelo preguntarme ¿Cómo he llegado has aquí? ¿Cómo he dejado que las murallas se vuelvan tan altas? ¿Cuándo se ha convertido el botón del pánico en lo primero que aprieto cuando saltas las alarmas? 


Y la verdad es que la respuesta no está clara, no siempre es la misma. En mi caso, no tengo ni la más remota idea de cuando ha pasado todo esto. 


Puedo hacer suposiciones. 


Decirte que para la mayoría de nosotros es porque el trauma se basa en nuestra infancia. Cuando eres niño hay muchas cosas que no te enseñan, cosas que dan por supuesto que aprenderás por el camino. Pero la lección que te llevas no siempre es la lección adecuada. Hay veces que situaciones hostiles te obligan a crear patrones hostiles. Por ejemplo, pensamientos como “Todo el mundo es peligroso hasta que demuestre lo contrario”, “Todo el mundo te juzga cuando no estás mirando”, “No confiar en nadie es más seguro” o “No sentir nada es mejor que sentir dolor.” 


Cuando eres pequeño construyes mapas sociales. Pero cuando todo el mundo a tu alrededor te usa de tiro al blanco o miran hacia otro lado, los mapas salen atrofiados. Asique bajas la mirada y decides que es mejor estar solo que mal acompañado. Pero cuando de adulto intentas usar ese mimo mapa para guiarte, la brújula ya no apunta el norte. 


Así que empiezas uno nuevo. Pero todas tus experiencias pasadas te llevan a la misma conclusión. Tienes pruebas físicas de que el mapa anterior era correcto, que te mantuvo a salvo. Y de pronto ponerse modo optimista y decir que la gente está predispuesta a ser buena se convierte en un salto de fe. Y tienes suficiente experiencia como saber que esa caída va a romperte las piernas. 


Todo el mundo dice que tenemos que aprender del pasado. Que cada cicatriz guardia una historia, cada caída tiene una lección. Así que ¿Por qué está mal lo que yo he aprendido de mis cicatrices? ¿Por qué de pronto, todas esas lecciones que nos han marcado a fuego tienen que desparecer? 


Yo diría que porque no están corroyendo por dentro. 


No te están dejando vivir la vida que querrías. Te mantienen encadenado a la piedra esperando a que te coma el monstruo marino a comerte. A que llegue la gota que colma el vaso, la puñalada por la espalda. Y tristemente en esta historia no hay ningún héroe que venga a salvarte. En esta obra tienes que ser tanto Andrómeda como Perseo. Tendrás el placer de ser juez y verdugo. 


La gente dice que solo tu eres responsable de tus sentimientos. Que tienes el poder de como dejas que los demás te hagan sentir. Pero yo no estoy del todo de acuerdo. A veces cuando lo escucho, oigo en mi cabeza el eco de las voces de profesores diciendo “No te lo tomes a pecho” “son solo niños” “no es nada personal”. Otras veces pienso en aquella niña de nueve años llorando sola en el cuarto de baño porque su amigo ha dejado de hablarla por los rumores, o porque su mejor amiga se ha enamorado del capullo que le hace la vida imposible. La veo bajar la cabeza cuando la llaman “infectada” “asquerosa” “friki”. Siento sus lágrimas correr por mis mejillas, veo a través de sus ojos la imagen distorsionada del espejo. 


Y pienso “No fue culpa mía”. 


Porque a mí nadie me enseñó a defenderme contra mis compañeros de clase. Nadie me dijo que iba a tener que luchar por pasar el recreo con mis dos zapatos puestos. No me prepararon para que mis amigas cambiasen de bando. Para que dejasen de hablarme, de invitarme a sus fiestas de cumpleaños. Nadie me preparó para quinto de primaria en una zona de guerra hostil.  


Y yo he aprendido por las malas que no importa cuán ridículo sea, si te dicen algo muchas veces te lo acabas creyendo. 


Así que hice lo que pude. Presté atención a los patrones. Cree una serie de reglas para poder sobrevivir, para socializar, para que no me hiciesen más daño. Aún las llevo conmigo. 


REGLA 1: Mantén la cabeza gacha, 


Si no les haces caso se acabarán aburriendo. Así que no les antagonices. Incluso si significa tener que arrastrarse por el suelo para poder ir al baño. 


A día de hoy aún me cuesta defenderme. Lloro si alguien me grita. Tiendo a priorizar la comodidad de los demás sobre la mía. A mirar al suelo y no decir nada. 


 


REGLA 2: Mantén un perfil bajo


“Mantente alejado del sol si no dejas de quemarte”. No pueden hacerte daño si no saben que estás ahí. No levantes la mano, no hables si no te hablan. No les des munición. 


 


Ahora me cuesta empezar conversaciones, me da miedo pedir por teléfono, tiendo a desaparecer en el fondo cuando estoy con un grupo de gente.  


 


REGLA 3: Mimetizare con tu entorno. 


Si les gusta una banda apréndete todas sus canciones. Si les gusta una marca compra sus sudaderas. Si está de moda el Starbucks ve todos los viernes, aunque no soportes el sabor del café. Si empiezan a verte como una de ellas dejaran de meterse contigo. Cambia de personalidad según quien te está hablando, conviértete en la persona que ellos quisieran que fueses. 


Hoy sigo mostrando partes diferentes de mi depende de con quien esté hablando. Por lo tanto, nunca se si les gusto yo o la versión de mí que he creado para ellos. 


 

REGLA 4: Analiza los patrones. 


Escucha lo que te cuentan. Observa sus relaciones con otras personas. Cuenta los segundos que tardan en comentar algo que les gusta por la calle. Aprende su lenguaje corporal, los temas que les hacen tensarse, los que les relajan. Descubre sus inseguridades, sus miedos, sus prioridades, lo que es importante para ellos.  


Cuanto más conoces a alguien más fácil es protegerse de ellos, les veras venir. Sabrás que decir o que no. Aprenderás a distinguir una amenaza potencial y una persona segura. 


A día de hoy sigo haciendo esto, no puedo evitarlo. Mis ojos recorren sus hombros sus manos, los pequeños movimientos de los músculos de su cara. Se que van a decir antes de que lo hagan. Las personas se vuelven previsibles, aburridas. Cómo los personajes de un libro que ya te has leído. 


 


REGLA 5: No puedes contar con nadie más. 


Nadie quiere ser la próxima víctima así que no esperes que nadie se levante a protegerte. Da igual cuantos amigos tengas si les quitan importancia a tus heridas. Todo el mundo va a girar la cabeza, no busques ayuda. Los adultos son inútiles, hacen lo que pueden, pero no tienen ningún poder sobre los niños. No merece la pena decir nada. Estás sola, o te sacas a ti misma del rio o mueres ahogada. 


Ahora me cuesta la vida confiar en nadie. La lista de gente en la que confiaba era muy corta, luego llegó el instituto y se volvió más corta todavía. Durante un par de años estuvo vacía, ahora trabajo en volver a llenarla. No pongo expectativas en nadie. Siempre con la certeza de que se irán a la primera de cambio. 


 


REGLA 6: Los sentimientos están sobrevalorados.  


Es mejor no sentir nada que sentir el dolor y el rechazo constantes. Es más fácil. Y si alguna vez necesitas sentir algo, un buen libro es una maravillosa manera de obtener chutes de emociones controladas. Si todo se vuelve demasiado, siempre puedes cerrar el libro. 


Años después me he dado cuenta de que nunca aprendí a sentir, a modular mis emociones. Todo lo que siento es intenso, felicidad, tristeza, rabia, traición. A veces demasiado, me consume, como las hadas, demasiado pequeñas para sentir dos cosas a la vez. Y cuando se vuelve sobrecogedor mi primer instinto es apagarlo todo otra vez. Tomarme un respiro. Forzar la calma. 


Había más reglas, más lecciones de supervivencia, pero esas son las que me dan más problemas como adulta. 


En su momento cumplieron su cometido. Me mantuvieron a salvo, cuerda. Pero cuando llegó el momento de dejarlas ir, me di cuenta de que no conocía nada más. 


No conozco nada más, pero sé que se me han quedado pequeñas. Yo sigo creciendo, como Alicia comiendo el pastel y de repente los techos se me han quedado pequeños. Me atrofian las alas, me mantienen encadenada a la piedra esperando a la próxima inevitable tragedia. 


Desaprenderlas está siendo complicado. Uno trata de hacer el esfuerzo consciente de cambiar, de forzarte a ti mismo a salir de tu zona de confort, pero cuando quieres darte cuenta has vuelto al principio. Un poco como un adicto que vuelve a tener una recaída cuando las cosas van mal. Adicto a los malos hábitos, adicto al pánico. Adicto a pisar el freno antes de arrancar el motor. 


Y mientras todos los demás aprenden nuevas lecciones, tu sigues nadando rio arriba luchando contra la fuerza de la corriente. Contra la fuerza de recuerdo y ansiedades que te dicen que estas mejor en tu zona de confort, que ya has pasado por esto que solo van a hacerte daño. 


Pero la vida sigue adelante y para construir una casa nueva tienes que destruir la anterior. Tirar abajo los cimientos destrozados por el fuego. 


No sé muy bien cómo. De momento estoy trabajando con el lema “finge hasta que sea real”. Apretando el botón preso del pánico. Hablar con alguien cuando el mapa dice que es un callejón sin salida. Tomar ese salto de fe. 


Y mientras tanto, tiro abajo las lecciones envenenadas con el miedo. 


Abajo con los muros. 


Abajo con los miedos. 


Abajo con las inseguridades. 


Abajo con las lecciones. 


Abajo con las técnicas de supervivencia. 


Abajo con la reina roja. 

martes, 14 de marzo de 2023

Conversación con una niña perdida

 - ¿Qué estás haciendo? 

-Te busco 

- ¿Por qué sigues fantasmas? 

-No sigo fantasmas, te sigo a ti. 

-Pero yo ya no estoy, ahí. No hay nada que seguir. 

-Pero me falta información, recuerdos. 

- ¿Y si yo no los tengo? 

-No lo sé, seguiré buscando, supongo. 

-Pero ya no estoy, he crecido. Deberías hablar con ella. 

- ¿Hablar con quién? 

-Es un poco más mayor que yo. No mucho. Pero ella no pudo crecer, tenía demasiado miedo.  

- ¿No pudo crecer? 

-No, tuvo que esconderse. Se perdió en la niebla, en sus libros. Y cuando se despertó ya eras mayor. Creo que por eso me buscas. 

- ¿Ah sí? 

-Mhm, porque no pudiste ser una niña. No te dio tiempo y ahora eres mayor. 

-Necesito verte. 

-No me necesitas, ni a mí ni a ella. Eso ya ha pasado, ahora te toca a ti. 

-Pero tú tienes mis memorias, y hay tantas cosas que necesito que me enseñes... 

-Tengo ocho años ¿Qué puedo enseñarte? 

-Necesito que me enseñes a ser libre, valiente, necesito que me devuelvas esa confianza que teníamos en nosotras y en el mundo alrededor. Necesito que me enseñes a volver a ser yo. 

-Eres más yo de lo que yo seré nunca. 

 -Necesito que te lleves el miedo. 

-No puedo hacer eso. 

- ¿Por qué? 

-Porque ya no tienes ocho años. Las personas mayores hacen las cosas distintas. Tú los entiendes mejor que yo. 

-Aun así, tienes mis recuerdos, horas y horas de memorias felices que yo ya no tengo. 

-También tengo horas y horas de dolor y llanto. 

-Estoy dispuesta a tomar ese riesgo. 

- ¿Y qué pasa cuando me encuentres? ¿Qué pasa si no tengo las respuestas que buscas? 

-Entonces seguiré buscando. 

-Tienes que dejarme ir. 

-Lo haré cuando me acuerde. 

- ¿Y hasta entonces? 

-Seguimos a delante.

viernes, 3 de marzo de 2023

Simón dice.

 Simón dice mantén la cabeza baja. 


No llames la atención, no les des más razones. No seas diferente. Así que miras al suelo y asientes. Te abrochas todos los botones, te bajas la falda. Te fundes con el fondo, te mezclas con las sombras. Te conviertes en esa persona al final de la fila a la que nadie ve. Eres el número que siempre se saltan, el nombre al final de la liste que nadie se molesta en leer. Así que te pones son cascos, cuentas las baldosas y rezas porque no se den cuenta de que eres la nota disonante, la que no encaja el blanco fácil. 


 


Simón dice mantén la cabeza alta. 


No dejes que sepan que te hacen daño. Se agresiva, que sepan que no pueden meterse contigo. Hombros atrás, paso firme. No te conviertas en una víctima. Enséñales con quien se están metiendo. Agárrales bien fuerte de las muñecas, tírales de pelo, lo que sea necesario para que sean capaces de mirarte a los ojos. Mírales fijamente con dureza y di basta. Ya no más. No voy a ser la víctima, no puedes hacerme daño.  Y reza porque no se lo tomen como un reto. 


 


Simón dice pide ayuda. 


No guardes silencio. Grítalo desde los tejados. Díselo a tus profesores, a tus jefes, cuéntaselo a tus padres. Súbelo a las redes sociales si hace fata, pero no guardes silencio. Siéntate con los psicólogos y los orientadores. Prepárate para adultos que lo sienten mucho y hacen todo lo que pueden. Pero recuerda que a nadie le gustan los chivatos. Así que reza para que no tengan una vena vengativa. 


 


Simón dice no pidas ayuda. 


Pedir ayuda es un símbolo de debilidad. Las cosas solo empeoran cuando dices algo, porque a los matones no les gustan las consecuencias. No se te ocurra defenderte. Así que cierra la boca, aprieta los dientes y aguanta. Esto no durara para siempre, solo tienes que esperar a que pase la tormenta. Es solo la última recta. Estás exagerando, no es tan malo, así que mira hacia otro lado como hacen todos los demás. Y reza por ser capaz de aguantar el tirón. 


 


Simón dice no los escuches. 


Son estupideces. Son solo niños. Son cosas de barón. Todos los chicos son así. Sólo están celosos. No te preocupes. Las chicas son crueles. Las adolescentes son así, no les hagas caso. Así que te tapas los oídos con tanta fuerza que te sangran los tímpanos y aun así escuchas sus voces cada vez que te miras en el espejo. Antes de tomar una decisión, de dar el salto, de ser valiente, te acuerdas de que esas palabras que no escuchas también duelen, que están dentro de tus huesos y en tu sangre. Pero es estúpido porque las personas inteligentes no se lo toman en serio. Así que busca ese lugar seguro en tu mente y reza porque el pitido en tus oídos suene más alto que las voces que intentas ahogar. 


 


Simón dice presta atención a feedback. 


Donde el rio suena agua lleva ¿verdad? Así que presta atención. Porque obviamente alguien no diría algo tantas veces si no fuese verdad. No puede ser que tanta gente se equivoque. Así que les das el poder de elegir por ti. Si dicen que hablas muy alto bajas la voz. Si eres muy tímida sonríes más. Si eres demasiado rara te aprendes de memoria las canciones de ese grupo que le gusta a todo el mundo. Compras de esa marca, bebes de ese café. Porque la prioridad es sobrevivir y para sobrevivir tienes que encajar en el molde y si el molde dice que te tires por un puente lo haces. Así que te conviertes en camaleón y rezas porque sea suficiente para que todo pare. 


 


Simón dice no te arriesgues. 


No seas estúpida. No tomes riesgos innecesarios. Obviamente te van a pasar cosas malas si sales de noche así que sigue siempre el sol. No te pongas un vestido demasiado corto. No uses demasiado maquillaje. ¿Qué pretendes vistiendo así? No seas demasiado amable, pero lleva siempre una sonrisa en la cara. No seas borde, pero marca tus límites. No bebas alcohol, porque serás vulnerable. No vallas sola al baño, no dejes tu bebida sin atender y reza porque por una vez no signifique no. 


 


Simón dice da el salto. 


La vida es demasiado corta y la gente mayor te dice una y otra vez que disfrutes la juventud mientras lo tengas. Y de repente una tarde con un libro en casa sabe a la culpabilidad de no estar disfrutando de tu vida. De no salir suficiente de fiesta, de no hacer suficientes amigos. Haz salvajadas ¡Si no lo haces ahora, cuando vas a hacerlo! Así que toma malas decisiones. Escucha a los que son más sabios que tú. Y comete les errores que a ellos no les dio tiempo a cometer, bebe las copas que ellos no se atrevieron a beberse. Salta todos los barrancos que ellos no tuvieron el valor de saltar, vive siguiendo la guía de la vida que querrían haber vivido y reza que cuando seas mayor todo sea suficiente. 


 


Simón dice huye. 


Si es demasiado busca un lugar seguro. En tu mente, en tu música. En un estudio de arte o en una biblioteca. Si es demasiado no hace falta que te agarres a un clavo ardiendo. Busca una buena historia y desaparece. Y respira. Conviértete en los personajes, metete un mundo donde las guerras no son tuyas. Donde no tienes que luchar ni tomar decisiones y cuando todo es demasiado puedes cerrarlo el libro y meterlo en el congelador. Coge tu espada, tu arco y tus flechas y lucha una guerra que estas preparada para pelear. Siente el poder al derrotar el villano, las aclamaciones del publico cuando vuelves heroico y vencedor. Así que coge el libro, deja de existir y reza porque las paredes a tu alrededor sean lo suficientemente altas. 


 


Simón dice quédate. 


El problema no va a desaparecer si no le prestas atención. Es una batalla que tienes que librar. El mundo está lleno de discusiones y problemas y no puedes esconderte de todo. No vale que saltes los charcos, tienes que mancharte de barro.  Tienes que lidiar con el mundo de frente. Clavar los talones y plantarte delante del toro porque no puedes desaparecer. No puedes evitar el conflicto para siempre. Porque el mundo este una guerra y siempre va a haber una discusión que te queda grande, que te quita el aliento y te deja en el suelo. Así que te levantas aprietas los dientes y sigues adelante. Y rezas porque el toro no te mate de una cornada 


 


 


 


Simón dice mantén la cabeza alta 


Simón dice mantén la cabeza baja 


Simón dice pide ayuda 


Simón dice se fuerte 


Simón dice no los escuches 


Simón dice escucha el feedback 


Simón dice ten cuidado 


Simón dice arriésgate 


Simón dice habla 


Simón dice huye 


Simón dice quédate. 


 


¿pues sabes qué? Que le den a Simón. Porque sus opiniones no importan. Porque Simón no está en guerra. Porque Simón no tiene que sobrevivir. Así que si tienes que huir huye. Si tienes que dar un puñetazo que se le caigan los dientes. Si tienes que quedarte en tu zona de confort tomate tu tiempo. 


Y acuérdate. De que Simón no puede luchar esa batalla por ti. 

Lo Estoy Intentando

  Lo estoy intentando, te lo prometo  Estoy tratando de tomármelo como un reto,  De buscarle a todo un significado, un código secreto.    Lo...